Suada nunca olvidaría aquel primer domingo de abril. El día anterior, por primera vez desde que era niña, no habían acudido a celebrar la fiesta del Bajram en el jardín de sus vecinos, la familia Sehic.
- Es peligroso – había advertido su padre – Anadi me ha pedido que este año no vayamos.
Después supo que algunos serbios del barrio, seguidores de Karadjic, habían amenazado con reventar la fiesta.
- ¿Por qué no avisas a la policía?
Su padre se limitó a mirarla fijamente y sonreír acariciándole la mejilla.
Masha telefoneó al mediodía: Amara y Minela se marchaban a Viena en un convoy. Pasaron lista de todos los compañeros que habían dejado la ciudad durante las últimas semanas hasta que se pusieron a llorar. Al fin, su madre se enfadó y le hizo colgar. Antes de dormir empezó a leer “Noches blancas”, pero la inquietud le impedía concentrarse.
Cuando despertó a la luz de la lámpara Aída estaba a su lado, le apretaba el brazo con fuerza.
- Hay ruidos – susurró la pequeña ante sus protestas.
- Ven, acuéstate conmigo…
Un instante después escuchó un sonido seco, un golpe vibrando en la noche. Se levantó y corrió a la ventana. La ciudad dormía tras el cristal empañado, inmóvil bajo el acuoso resplandor de las farolas. Conectó la radio: un violín tocaba “Sarajevo, mi amor”. Estrechó a la niña contra su pecho mientras unos perros aullaban a los lejos.
Belmir volvió mientras desayunaban. La besó junto a la sien musitando un “buenos días”, se sentó y abrió el periódico.
- Esta noche he oído algo… Creo que era un disparo.
- Sería el viento – contestó sin levantar la vista.
Parecía preocupado. Pese al afeitado reciente, el cabello cuidadosamente peinado hacia atrás, con ese estilo soviético que tanto la hacía reír, la camisa limpia, las marcas del planchado en los brazos fuertes, su figura parecía extrañamente abatida. Dudó antes de preguntar.
- Masha y las otras van a ir a la manifestación. ¿Puedo ir con ellas?
- ¡Por supuesto que no! – oyó decir a su madre en la cocina.
- ¡Pero también van a ir los profesores! – protestó.
Él le sonreía asomando los ojos por encima del periódico.
- Ya veremos… - concedió. Aída reía.
La mañana se le hacía interminable escuchando la radio junto a la ventana de su cuarto. El viento formaba remolinos de polvo y basura en el patio. En la otra orilla, la gente caminaba con paso rápido bajo los álamos, en dirección al centro. Una bolsa de plástico ondeaba prendida de una rama. “Bandera blanca – pensó – Nos rendimos”. Sintió deseos de trepar hasta allí y liberarla. Podía verse subida a las ramas, rodeada de periodistas inmortalizando su hazaña… Un grupo de muchachos se reunía en mitad del puente; cada vez que llegaba un nuevo miembro se saludaban abrazándose, intercambiando fuertes palmadas en la espalda. “¡Qué brutos!”. Parecían universitarios, con sus chaquetas de cuero y los largos abrigos oscuros. Seguro que iban a la manifestación, podía sentir la excitación del encuentro, la alegría inconsciente en los rostros juveniles… En la radio sólo daban noticias o canciones folclóricas. El locutor repetía el chiste de moda: “¿Por qué no hay guerra todavía en Bosnia? ¡Porque hemos pasado directamente a la final!”. Decidió retar a su madre y llamar a Masha.
- No, no me dejan ir… No, mi madre – dijo alzando la voz para que la escucharan desde el salón - ¿Qué se pone una para ir de manifestación?
- Lo más informal que tengas en el armario, como si fueses a un concierto de Nirvana – decía Masha riendo – ¿Sabes?, ha habido disparos, sí, esta mañana también. Puede que pase algo…
- Ten cuidado, y ven esta tarde a contarme…
Desde aquel estúpido accidente esquiando en Jahorina, el invierno anterior, Suada no soportaba permanecer encerrada en casa. Además, ahora que Belmir había perdido su trabajo se sentía humillada, extrañamente incómoda en su presencia.
- Seguro que ocurre algo emocionante, y yo voy a perdérmelo – Aída leía uno de sus cuentos, sin prestarle atención - ¡Y estará Denjo, ése chico tan guapo!
Belmir entró precipitadamente y cambió de canal. La televisión local emitía en directo.
“¡Disparan desde el hotel!… ¡Hay heridos en el puente!”. El locutor hablaba con tono pausado, pero su voz temblaba. La gente corría encogiendo los cuerpos a un tiempo, estremeciéndose rítmicamente con el sonido de los disparos, alejándose instintivamente de los cuerpos caídos. Desde un lugar elevado una segunda cámara filmaba el Holiday Inn, un feo edificio cuadrado pintado de amarillo, de donde supuestamente procedía el ataque. Suada se acercó a la ventana. Sí, eran los mismos disparos, apagados, distantes en la televisión, muy cercanos en realidad. Un tranvía frenó haciendo chirriar las ruedas junto al puente de Verbanja, bloqueado por las ambulancias.
- ¡Ven aquí! – gritó Belmir - ¡Agáchate y lleva a la niña a su cuarto! ¡Quédate con ella y no te acerques a la ventana!
Después de comer, apenas probó la sopa y mordisqueó una manzana, ayudó a tapar las ventanas del salón con colchones. Según decía Anadi, que había pasado para comprobar que se encontraban bien, era el mejor método para amortiguar los impactos de las balas. Colocaron muebles y sillas delante para que no se cayeran. Su madre se quedó con Aída en la cama, tratando de calmarla. Más tarde llamó Masha.
- ¡Ha sido horrible! Íbamos a cruzar el puente cuando empezaron a disparar. Una mujer se tiró sobre mí y no podía moverme - decía llorando – Le dieron a una chica. Creo que murió…
- ¿Y los otros? ¿Están todos bien?
- Creo que sí. Denjo y los demás nos acompañaron a casa. El profesor Zojadic se quedó atendiendo a los heridos.
Cenó con Belmir. Le apenaba dejarle sólo, con tantas preocupaciones. Calentó el resto de la sopa y se empeñó en servirle mientras veía las noticias.
- Me alegro de no haber ido. Si viera algo así podría traumatizarme para siempre.
- No pienses en eso ahora – él sonreía ahuyentando el humo del cigarrillo; nunca fumaba en casa – Ahora tienes que ser fuerte. Quizá pasen cosas desagradables, pero ya eres mayor… Tendrás que ayudarnos.
Aquella noche Borislav Lazovic, compañero de su padre en el aeropuerto, llegó acompañado de su hijo. Suada escuchó la conversación desde el pasillo: aquel chico la miraba de una forma extraña cuando se encontraban en el instituto.
- No se admitirán trabajadores musulmanes por el momento – decía con voz ronca.
- Pero tú sabes que no somos creyentes. ¡En mi vida he pisado una mezquita!
- Sí, lo sé, pero ellos no, y son los que mandan ahora. Ni siquiera son del barrio, Belmir, pero tienen armas…
Después bajaron la voz. Suada, temblando de rabia, sólo entendió una palabras:
- Habla con tu mujer… ¡Créeme, es lo mejor! ¡Debéis marcharos cuanto antes!
Bajram: fiesta religiosa musulmana. Tradicionalmente, los miembros de esta comunidad invitaban a vecinos y familiares, independientemente de sus orígenes o creencias.
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